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Lunes, 03 Julio 2017 19:02

Los colombianos no estamos acostumbrados a la paz Destacado

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Por: Juan Cataño Bracho

Dado que desde el descubrimiento de América nuestra historia es la historia de la depredación, el atropello y el exterminio; los colombianos no estamos acostumbrados a vivir en paz. Es lo que queda demostrado de la forma en que hemos recibido la culminación de los diálogos que sellaron el cese de hostilidades de las Farc hacia la población colombiana, que durante casi 60 años representaron la pérdida de más de 300.000 vidas y un daño a la infraestructura de proporción económica incalculable, cuanto más a los recursos naturales.  

No ha bastado reconocer que “que entre 1958 y 2012 el conflicto armado había ocasionado la muerte de por lo menos 220.000 personas, cifra que sobrepasa los cálculos hasta ahora sugeridos. A pesar de su escalofriante magnitud, estos datos son aproximaciones que no dan plena cuenta de lo que realmente pasó, en la medida en que parte de la dinámica y del legado de la guerra es el anonimato, la invisibilización y la imposibilidad de reconocer a todas sus víctimas. Además de la magnitud de muertos, los testimonios ilustran una guerra profundamente degradada, caracterizada por un aterrador despliegue de sevicia por parte de los actores armados sobre la inerme población civil. Esta ha sido una guerra sin límites en la que, más que las acciones entre combatientes, ha prevalecido la violencia desplegada sobre la población civil”.

Está más que demostrado que las ansias de poder y la necesidad han sido una de las principales causas de la guerra en Colombia y, por lo mismo, la lucha entre los que aspiran a poseerlo todo y los que nada tienen constituyen una de las lógicas de la lucha; dado que quien nada tiene amenaza la propiedad y quien lo tiene todo hace uso de las armas para defenderlo.

“La apropiación, el uso y la tenencia de la tierra han sido motores del origen y la perduración del conflicto armado. La investigación realizada para el informe sobre tierras en la Costa Caribe permitió documentar los históricos, persistentes y dinámicos procesos de despojo y apropiación violenta de tierras. Todos los informes ilustran la gradual convergencia entre la guerra y el problema agrario (despojos violentos, concentración ociosa de la tierra, usos inadecuados, colonizaciones y titulaciones fallidas). Pero a los viejos problemas se suman otros nuevos, que muestran las dinámicas inauguradas por el narcotráfico, la explotación minera y energética, los modelos agroindustriales y las alianzas criminales entre paramilitares, políticos, servidores públicos, élites locales económicas y empresariales, y narcotraficantes, todas ellas señaladas en el informe del GMH sobre tierras y territorios en las versiones de los paramilitares”.

Y no cabe dudas que entre la necesidad y el egoísmo gravitan la defensa y la oposición radical a un camino negociado hacia la paz, porque los unos aspiramos a tener un poco de lo que los otros tienen en demasía y los otros no estamos dispuestos a compartir lo que tenemos con los que nada tienen. Porque la paz es justicia social y “la justicia social se refiere a las nociones fundamentales de igualdad de oportunidades y de derechos humanos, más allá del concepto tradicional de justicia legal. Está basada en la equidad y es imprescindible para que los individuos puedan desarrollar su máximo potencial y para que se pueda instaurar una paz duradera”.

Pero nuestro egoísmo, como la proclividad del hombre a la guerra, al la cual nos acostumbramos desde el mismo Descubrimiento de América, dado que este se dio casi superado el feudalismo en Europa a partir del cual se desplegó la voracidad por la tenencia de la tierra en el mundo y que en ésta parte del mundo se fraguó sobre la base del exterminio de los primitivos pobladores y siguió edificándose desde la apropiación injusta de la misma. Por algo Manuel Zapata Olivella considera, en Las Claves Mágicas de América Latina, que el exterminio contra los aborígenes se puede considerar un genocidio y todo por la necesidad del colonizador de hacerse a lo que por naturaleza le pertenecía a aquel inerme propietario.

Porque los colombianos somos dados a valorar más la propiedad privada que a la propia vida, se nos hace más asimilable la pérdida de un ser querido, por causas de la guerra, que perder el poder que nos transfiere la tierra y los bienes materiales. Porque nos acostumbramos a dar la vida por la tierra, antes que la tierra por la vida, no es posible que la paz sea una opción deseable y apetecible. Nótese como es común que nos matemos entre hermanos, por defender la tierra que creemos nos pertenece por herencia.

No hay que olvidar, además que: “La guerra ha sido también el recurso para impedir la democracia y la violencia el medio para acallar a críticos y opositores, para impedir la denuncia y evitar justos reclamos y transformaciones”.

Por lo que nos está pasando a los colombianos, no hay duda que a lo largo de la historia siempre han existido hombres que no han tenido escrúpulos en derramar sangre y llenar la vida de llanto y de dolor, a causa de la codicia, la venganza desmedida y de la tendencia a cobrarse la justicia por su cuenta.  

Modificado por última vez en Lunes, 03 Julio 2017 19:12